Hay ciertos momentos de la vida en los cuales dudamos. La duda se
apodera de la situación y titubeamos constantemente en busca de alguna
respuesta que nos de seguridad creyendo que volverá a estabilizar nuestras vidas. Sin
embargo a veces sucede que todas las posibles salidas tienen sus puntos flojos.
Es simple, siempre habrá que renunciar a algo. Elegir un camino descarta
automáticamente a los demás y nunca se puede saber de antemano si fue o no una
decisión atinada.
Hoy, la duda se instaló en mi domingo y no me la
puedo sacar de encima.
Intenté evadirla de distintas maneras, saliendo con una amiga, visitando
a mi abuela o incluso leyendo libros que me traen otros tipos de
cuestionamientos no tan personales. Sin embargo ella sigue ahí, insistente y
presionando en busca de una respuesta en la cual desaparecer, por que ese es,
en definitiva, su fin, el de dejar de existir.
Las dudas llegan para irse, pero que paradójica mente no tienen nada de
efímeras ya que nos hace elegir, tomas decisiones de las cuales muchas serán
indelebles.
No voy a detenerme a
ponerle nombre a la duda que me acompaña esta noche por que sería tedioso y por
que tampoco es lo importante. Lo que si importa es que tengo la suerte de que
exista, de que me moleste, me incomode, me modifique, me haga cuestionarme
cosas, reflexionar, pensar racionalmente
y con el corazón. Pero la mejor parte es que
con el tiempo, se va a transformar en un nuevo campo de acción. Si
tomaré la decisión correcta o no, (oh paradoja) esa es una nueva duda, una que
no me inquiera saber la respuesta por que se que para bien o para mal, el
camino que elija, me va a hacer crecer.